by Mario Tarallo – Punta del Este IBT

Imágenes by Mario Tarallo, prohibida su reproducción parcial o total.

Una noche en la Selva Amazónica. Sinfonía de la Selva

Estamos alojados en el Tambo Yanayacu, un Lodge en plena selva Amazónica, a más de 1000 kms al NE de la ciudad de Lima. No muchas habitaciones, entre 20 y 30, hechas de madera de la zona, con mosquiteros como ventanas y cielo raso, y más arriba aún, un techo realizado con las hojas de una especie de palma llamada Umiro, de la cual están hechas infinidad de construcciones de la selva. Esto evita que nos mojemos en caso de lluvia. Prolijas habitaciones, rústicas pero acogedoras, sin agua caliente (no la necesitamos de todas maneras) sin electricidad. Sólo unas lámparas de keroseno alumbran tenuamente todo nuestro entorno, siendo éstas nuestras únicas fuentes de luz.

Es la comodidad de lo agreste, de lo natural. No hay lujos ni el confort de un hotel con estrellas. Sin embargo, se disfruta el ambiente, estoy relajado y me siento cómodo, cuando no feliz. Jamás he estado en contacto tan hermanado con la naturaleza. Abro la puerta y una hamaca en los pasillos de madera me relaja con somnolencia. Que placer.

Hoy, nuestro guía Sandro Soria, nos prometió una salida muy especial. Salir a la noche por uno de los afluentes del Amazonas, en la embarcación, a escuchar los sonidos de la selva. Y asi fue.

Luego de haber visto incontables animales e insectos, sumado a esto la oscuridad de la noche, estoy un poco ansioso de ver y escuchar la prometida sinfonía de la selva.

La cita de salida es sobre las 22 horas. El meeting point es un salón cuadrado de unos 15 metros de lado, que es nuestro comedor. A unos 30 metros está el afluente al que vamos. Soy el primero en salir, me asomo a la escalera desde el comedor hacia la salida y la oscuridad me engulle. Camino despacio unos pasos y me detengo, no veo nada. Solo se que a unos 25 metros y luego de bajar por una escalera muy rudimentaria de madera está el agua y la embarcación. Alguien viene con un farol a kerosene, y en la oscuridad total eso parece un sol, aunque no abarca mas de unos pocos metros.

Envalentonado por esa luz que me empuja, salgo raudo hacia las escaleras que descienden unos 6 metros el nivel hacia el agua, pero por alguna razón, cada paso que doy es mas pausado y lento que el anterior. Cada vez mas pausado hasta detenerme.

Es que cada sombra, cada tonalidad de gris, cada forma irregular, me semeja un fantasma, no se si una boa, un animal salvaje, una tarántula o quien sabe que animal oculto en mi imaginación. Un yacaré quizás? Ciertamente me detengo y espero por el resto. No se lo que siento, pero realmente me corre una electricidad por la espalda cada vez que trato de descifrar esas sombras indescriptibles y atemorizantes.

Subimos a la embarcación, las estrellas iluminan el firmamento, y nuestro guía Sandro enciende la débil luz de su celular,  no hay otra luz en kilómetros a la redonda y el cielo no está contaminado por otras luces. No se ve prácticamente nada. Me siento a proa y en un instante dos sardinas saltan adentro de la embarcación. Menudo susto y sobresalto en esas penumbras. A lo largo de las orillas del afluente que navegamos, nos acompañan como pequeños puntos de luz las luciérnagas que iluminan ambas orillas tenuamente.

Unos 15 minutos más tarde, la embarcación se detiene y la paz es total. Sólo la sinfonía de la selva, en su mayoría sonidos producidos por insectos, grillos, saltamontes, murciélagos, ranas, un ave llamada Ibis, y una infinidad de insectos. No los veo, pero se que ese sonido que aletea cerca de nuestras cabezas son murciélagos. Se siente el revolotear constante a veloces vuelos muy cerca nuestro.

Los sonidos que se escuchan son indescriptibles. No es que tenga miedo, pero por alguna razón, busco la mitad de la embarcación, lejos bien lejos de cualquiera de las bordas. No me animo siquiera a meter el dedo en el agua. Respiro pausado y no me muevo.  Me siguen persiguiendo los fantasmas, estoy con los ojos bien abiertos y ciertamente que disfruto el momento. Imagino quien sabe que animal, insectos, aves extravagantes que nos observan y que nos brindan este original concierto.  En esa oscuridad, es difícil adivinar que es lo que está allá, solo espero que que no se me acerque y menos aún que me toque. Los fantasmas de las orillas se divierten y en la negrura de esa espesa selva algo vive y se hace sentir en la oscuridad de la noche.

Me sonrío para mí y pienso, que valiente compañero aventurero, que valiente! Pero sonrío feliz, esta experiencia es única y realmente que sí la disfruto.

Luego de un buen rato de sinfonía nocturna, volvemos a “casa”. Retomando nuestro camino, hasta que divisamos la pálida luz del farol a kerosene que indica que hemos llegado. Salto de la embarcación y subo raudo esos escalones, no sin mirar a todos lados en busca de ver no se qué. Me voy a mi habitación. Me ducho con agua naturalmente templada y que proviene del río mismo.

Por la noche, sólo una rejilla para insectos separa mi cama de la selva en sí. No veo nada hacia el otro lado, sólo lo imagino. Adormezco arrullado por esos sonidos, ese calor húmedo, realmente deseo una brisa que me conforte, y mis sueños de esa noche son de la selva.

Me duermo y de inmediato despierto en mi adolescencia, viviendo aventuras de animales salvajes, héroes de la juventud, heroínas de mis amores. No me quiero despertar nunca más. Estoy feliz!

Y soñando con repetir esta aventura.

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Tambo Yanayacu. Zona de ingreso al Lodge.

Mi habitación. Selváticamente rústica y acogedora.

Agradecimientos a Sandro Soria, nuestro guía que en todo momento estuvo pendiente de cualquier inquietud, que nos hizo sentir cómodos en todo momento, y que nos hizo vivir y tratar de entender un poco más la naturaleza.

Y lamento y mil perdones la ausencia de fotos, luego de 3 días sin electricidad, no había batería para nada que registrase imagen alguna.

Qué rabia! Pero de todas maneras las imágenes hubieran sido cuadros oscuros, por lo tanto No Stress.

Reconocimiento al principal de Paseos Amazónicos, nuestro amigo Danilo Peña Serra y a César Camacho (Julio en América), al cual debemos una visita a su querido Lurín.

 

Gracias a Uds. amigos por su compañía. En próximas ediciones, todo sobre la Selva Amazónica y la Selva Central. Hasta siempre.