by Mario Tarallo – Punta del Este IBT

Imagen de Portada. Casa de la infancia de Juana de Ibarbourou. (imagen by mario tarallo)

Visitamos en Melo (Departamento de Cerro Largo), la casa de la infancia de Juana de Ibarbourou (Juana Fernández Morales), la genial y siempre recordada Poetisa Uruguaya. (1892-1979)

Una referente en toda América Latina.

En 1929 recibió el título de Juana de América de la mano de Juan Zorrilla de San Martín.

En esta casa pasó su niñez, la misma fue luego adquirida por el Ministerio de Educación y Cultura y restaurada por la Intendencia de Cerro Largo, para ser entregada en 2001 a la Asociación de Escritores de Cerro Largo.

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Visat Interior. (imagen by mario tarallo)

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Vista interior. (imagen by mario tarallo)

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Vista interior. (imagen by mario tarallo)

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Vista interior. (imagen by mario tarallo)

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Cocina en Hierro, original de la casa. (imagen by ario tarallo)

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Máquina de coser original. (imagen by mario tarallo)

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Aljibe y parral en el patio trasero de la casa. (imagen by mario tarallo)

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Busto de Juana. (imagen by mario tarallo)

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La Higuera original, ya seca y marchita, aún acompaña el recuerdo de uno de sus poemas. (imagen by mario tarallo)

La Higuera – Juana de Ibarbourou

“Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste…

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!”

Entre sus obras más destacadas están “Las Lenguas de diamante”, “La Rosa de los Vientos”, “El Cántaro Fresco”, “Chico Carlo” y “Canto Rodado”, todas referencias de mi infancia de mi querida Escuela No.5 de Punta del Este.

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En este rincón de la casa, estaba la Mancha de Humedad, cuento que Juana inmortalizara en su libro “Chico Carlo”. (imagen by mario tarallo)

LA MANCHA DE HUMEDAD – Juana de Ibarbourou

“Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes.

Era éste un lujo reservado apenas para alguna casa muy importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas.

No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo.

Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado.

En esa mancha yo tuve cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de las lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal en que fumaban sus gigantes o sus enanos.

Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas, generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos: –Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles hay en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos. Ella me miraba espantada: – ¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? ¡Oh, Dios mío!, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora: –No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor.

Tenía un gran balde lleno de lechada de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared, dejándola inmaculada.

Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de bizcochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango, que para mí tenía toda la magnitud de un desastre.

Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni más selvas.

Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como una burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del H2 trópico.

Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una O de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro: – ¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados: – ¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como sólo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada, e inútilmente.

Porque ninguna lágrima rescata nunca el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece…

¡Ay, yo lo sé bien!”

Juana de Ibarbourou – Extraído de “Chico Carlo” (1944)

 by Mario Tarallo – Punta del Este IBT

Amigos, ciertamente que los tiempos han cambiado. La Educación claramente no es la misma de antes. No cuestiono si la actual es mejor o no a la “antigua escuela”.

Pero con absoluta certeza, en edad escolar, y pre adolescente, debieran ser de lectura obligatoria, infinidad de obras inmortales, que hoy por hoy, seguramente ni siquiera se nombran o se conocen en la mayoría de los centros de estudio.

Sería más rico al rico al alma y al espíritu, y seguramente les haría en el futuro, ser mejores personas.

Nota dedicada a pequeñas grandes personas, que guiaron mi camino en las etapas más importantes de mi formación: mi maestra “Mary”, mi maestra “Negra”, y mi maestra “Hilda”, maestras de la Escuela No. 5 de Punta del Este.

Gracias por acompañarme.

mario